Bicicleteando

Bicicleteando

Mi esposo es todo un deportista consumado, además de ser un aventurero tipo Indiana Jones o Cocodrilo Dundee... Yo, por supuesto, estoy loca por él, súper enamorada. Así que, a pesar de que en mi vida el deporte siempre fue algo poco constante —y desde hace muchos años, totalmente ausente en mi agenda— decidí seguirlo en todas sus aventuras.

A pesar del sedentarismo, el tabaquismo y mi atocinada anatomía, he comenzado a acompañarlo, lo cual, por otro lado, me da mucho material para escribir. Incluso estoy dejando de fumar y trato de ponerme en forma, con tal de seguirlo hasta el quinto infierno... lugar que, dicho sea de paso, visitamos regularmente.

Empeñada en recuperar mi condición física e incursionar en el mundo del ciclismo, he participado incluso en carreras de montaña —donde casi muero— y hemos recorrido desiertos y zonas deshabitadas. El siguiente paso era dominar la carretera y la ciudad.

El ciclismo urbano tiene sus características bien específicas, y en lo personal, me parece el más peligroso. Con esa intención emprendimos la exploración de las carreteras de esta ciudad tan hermosa y sobrenatural, llena de caminos secretos y escondidos, y mucho más colmada de misterios de lo que mi bendita ignorancia me había dejado imaginar...

En uno de los primeros recorridos tomamos una autopista solitaria, cuyo tráfico más frecuente se reduce a los camiones de carga que traen mercancías hasta este rincón olvidado del planeta.

Los camiones pasan muy cerca de las bicicletas. Manejábamos sobre el acotamiento y, sin embargo, el golpe de viento que arroja la enorme bestia a su paso empuja la frágil montura, haciéndome trastabillar por mi inexperiencia y el estrés que su cercanía me produce...

Solo pude avanzar un par de kilómetros. Sentía la angustia cerrándome la garganta y el miedo congelándome las piernas y los reflejos. El sol inclemente, con sus “benignos” 35 grados de las nueve de la mañana, caía empapándome los sentidos y colaborando a mi aturdimiento.

Consciente de mis limitaciones, le pedí a mi esposo que nos detuviéramos cerca de una caja de tráiler que yacía desolada, a unos metros de distancia. Al llegar a ella, vi a una mujer mayor sentada en un banco, guareciéndose del infame sol bajo la sombra que la caja de tráiler, misericordiosa, ofrecía. Todo esto proporcionaba, en general, una visión singular, ya que alrededor no se veía nada más que el desierto inmenso.

—Tengo mucho miedo de los camiones… —le dije a mi esposo con voz tensa—. Pasan muy cerca… y estoy muy cansada, ya no puedo más.

—Vamos a ver si ese camino rural nos lleva hacia donde dejamos la camioneta, y así ya no tenemos que pasar por donde los camiones —me contestó él, con su sexy acento extranjero al que nunca puedo decir que no.

Por eso, a pesar de sentirme agotada, dije y nos internamos en un camino rural que iniciaba justo donde se encontraba aparcado el tráiler y la mujer en el banquito.

El camino nos llevó a una ranchería solitaria y se alejaba más y más de nuestro objetivo.

—No —dijo mi esposo, luego de recorrer una distancia considerable de arena y piedras—, tenemos que regresar...

Unos perros se acercaron, curiosos pero —a mis ojos— amenazantes, y mi adrenalina estaba a mil... Eso me ayudó a llegar hasta la carretera donde habíamos empezado.

En la entrada del camino rural aún se encontraba la mujer, con su vestido rojo y sus zapatos elegantes, desentonando totalmente con el entorno, sentada junto a la caja de tráiler. Su piel era morena, endurecida por el sol pero con pocos surcos, como suelen envejecer las indias en mi tierra: con la piel lisa y la belleza intacta. Esta en particular mostraba una singular hermosura y unos ojos ígneos, de esos que se les hacen a las mujeres que han visto más de lo que hubiesen querido y han sufrido más de lo que pensaron que podrían soportar sin perder la risa en la mirada. Ojos duros, tristes y profundos, de esos que miran con la sabiduría inocente del sobreviviente.

En el último trecho, antes de alcanzar el pavimento, el camino subía y tuve que hacer un esfuerzo supremo para llegar. Estaba tan concentrada en subir la cuesta, que no vi la pick-up que pasaba cerquita de mí... De súbito, escuché el motor rugiendo junto a mis piernas, perdí el control y caí de la bici...

Con el orgullo más lesionado que el cuerpo, me levanté. Mi esposo se detuvo y me miró complaciente, gesto que yo quise interpretar como decepción por mi ineptitud deportiva...

Por supuesto, a mi cerebro le bastó ese pensamiento para acribillarme con mil conjeturas elaboradas que mi esposo nunca dijo ni diría: Claro, como yo no soy Régula...

Régula, su primer gran amor. Régula la guerrera, una suiza con cuerpo de valquiria y temperamento de acero, pero dulce como el chocolate, inocente como un infante y paciente como la madre Teresa de Calcuta. La versión femenina de Indiana Jones.

Doce años, un mes y nueve días vivieron juntos... Recorrieron el mundo en bicicleta. Guareciéndose en una frágil tienda de campaña, conquistaron desiertos y selvas en Australia, fueron encañonados por guerrilleros en las selvas de Tailandia. Nueva Zelanda y toda Europa se rindieron ante su temeridad y templanza...

Sin saber cómo, se encontraron de pronto en estas tierras de sueño y pesadilla. Y es que a este lugar no se llega: simplemente apareces en él sin proponértelo. Es un atrapa-viajeros.

Esta región de nadie —quiero pensar— está ubicada en el recoveco más oscuro del subconsciente de la humanidad, solo por la necesidad de sentirla localizada en algún lado.

Aquí, este pueblo de aires hipnóticos ejerció sobre ellos su efecto de permutación. A Régula le inquietó el espíritu, llevándola a buscar su propia aventura en solitario, y mi esposo se vio embrujado por este sorprendente territorio de abrazadores desiertos y hondas cañadas, obligado a volver en todo momento...

Así fue como nos conocimos.

Todo esto cruzaba por mi mente, hiriendo mi corazón inseguro, por supuesto —ya que yo soy amarga como un grano de café, débil como masa mal cocida y temerosa como gelatina en fiesta infantil.

Pero la peor parte de mi personalidad es mi imaginación desbocada, que me rodea de terrores nocturnos y diurnos, y con frecuencia mezcla mis creaciones oníricas con la realidad, obnubilando mi juicio y dándole a mi temperamento la estabilidad de la nitroglicerina.

Cuando mi esposo se acercó para asistirme, y sin dejarle apenas pronunciar palabra, le solté en la cara una letanía de reproches, acusándolo de impaciente y poco considerado...
Él, molesto —por supuesto—, solo me dijo:
—Espérame aquí, voy por la camioneta.

Cuando él se fue, la mujer del vestido rojo, que había presenciado la escena desde lejos, me llamó:

—Muchacha —me dijo—, vente a la sombrita. ¿Qué pasó? ¿Te sentiste mal?

—Sí —respondí—, se me baja mucho el azúcar...

—¿El muchacho va a regresar? ¿O ya te dejó aquí? ¿Tienes cómo irte?

—Sí va a regresar, solo fue por la camioneta.

—Iba enojado, ¿verdad?

—Sí, se molestó porque no le dije a tiempo que me sentía cansada… pero no me gusta que piense que soy débil.

—A los hombres nunca les das gusto. Tú tienes que pensar en lo que tú necesitas primero, no en lo que él te dice...

—Mírame a mí... El dueño de este camión fue mi hombre… hace quince años. Yo le ayudé a levantar los negocios. Ahora es dueño de tres hoteles de los que están acá, camino al aeropuerto. Tiene varias casas y unas quintas bien bonitas…
Ahora me dejó aquí, cuidando la caja pa' que no se lleven la mercancía. El muchacho que la cuida no llegó. Venimos a supervisar que aquí estuviera, y solo encontramos el camión solitario.
Él me dejó aquí cuidando y se fue a buscar trabajadores que se encarguen de la mercancía... Paja. Es lo que vende en este camión...

—Quince años estuvimos juntos, y hace quince años nos separamos. Yo le crié una hija que él ya tenía, y él me crió a mi muchacho, el mayor, que no era de él. Dos hijas tuvimos juntos...
Pero lo dejé porque nos empezó a maltratar a los plebes y a mí. Nos tenía trabajando todo el tiempo y no nos daba nada.
Me fui, y las hijas se vinieron conmigo. Pero mi muchacho no… él no quiso dejar al viejo, porque lo había criado y lo quería como a un padre. Aquí se quedó con él...

—Nos fuimos a Texas. Allá mis hijas trabajan y les va muy bien. Ahora vine a ver a mi hijo… Fue él quien me pidió que visitara al hombre.

—Vaya a ver al viejo, ama —me dijo—. Ya está cansado y siempre pregunta por usté. Está muy solo…

—Yo ni quería verlo, nomás fui porque me lo pidió m’hijo, y a él no puedo negarle nada… Viera qué buen muchacho es...

Cuando llegó y lo miré… ¡Quince años sí que hacen mella! A él se le notan más que a mí, pensé. Quince años... cómo pueden cambiar a uno.

Me dio pena verlo… viejo, cansado. Él, que siempre fue recio, formidable como toro de lidia. Hasta más pequeño se miraba, como si los años le hubiesen comido los centímetros...

Así es el cuerpo: como la ropa mal lavada, luego de arrastrarlo mucho por la vida, se encoje y se arruga...

—Quédate conmigo —me dice—, vente para acá. Mira que me voy a morir sin un alma que vele por mí, ni quien me cierre los ojitos... No me dejes ir como perro, solo y podrido...

Y pues… yo sí lo quería. ¿Cómo no lo voy a querer? Tantos años juntos, tantas historias… De la nada… de la nada le ayudé a levantar los negocios.

Ahora me dice:
—Quédate, te regalo la quinta que está en Los Rosales, te la regalo, esa que sea tu casa.

—Yo no necesito dinero ni que me andes regalando casas —le dije yo—. Mis hijas ganan muy bien en Texas y yo no tengo ninguna necesidad.

Él me dice:

—Ayúdame con los negocios. Necesito a alguien de confianza que dirija las cosas… ya no puedo yo, y no confío en nadie. Ayúdame, por tu puritita vida… ten piedad de este viejo y perdona mis errores del pasado, como perdona Dios nuestro Señor.
Tráete a las muchachas. Que cada una dirija un negocio, y así mi muchacho puede venirse a encargarse de lo de los campos, que es trabajo pa’ hombres…
Les voy a dejar todo a ustedes.
Pero no me dejes morir solo...

-y entonces le dije : pus lo voy a pensar...

Y pus lo estoy pensando...

Lo que si le deje bien claro es que sexo no voy a tener con el...Sexo no... por que para empezar no le hace falta... Ya me dijeron: aqui le traen a las muchachitas. Si ¿sabe? Las de la escuela ... si las muchachitas de la secundaria... Las levantan... docientos pesos por chamaca... mas elevadito el precio si son virgenes y es la primera vez..

¿Sabe?

Las muchachas ni denuncian... no que van a denunciar...

Después de que las vendieron, el encargado del levantón les dice: eres una puta, te elegimos por que se te notaba lo puta- Y pues la muchacha piensa que fue su culpa y tiene miedo de decirle a sus papas... las amenazan- que si denuncian van a matar a sus familias, que ya saben donde viven...

Hasta les enseñan a usar drogas. Primero le dicen que es pa' que se olviden de lo que paso y se las dan gratis, o pa' que ni sienta cuando el tipo las agarra. Luego ya que estan bien enganchadas se las venden...¡No!,¡sie es negocio completo!...

Aqui, aqui del otro lado de la carretera, aqui enfrentito.. las agarran en el coche...

Levantan a las que van caminando solas en la calle, y es que la gente es bien confiada, con eso de que asegún aquí no pasa nada. Que quesque bien tranquilo, que nada de delincuencia… ¡No, qué va!


Lo que pasa es que no se dice nada. Como está bien chiquito y aislado… todo está bien controladito.

Los que denuncian, pues no van a recibir respuesta, porque aquí todas las autoridades se benefician de lo mismo.
Ni falta hace que los desvivan como allá en el norte, a los familiares escandalosos. No.
Aquí nomás no se les hace caso y ya.

Y si alguien tiene que morir pues ni se apercibe... con tanto desierto es bien fácil perder cadáveres... la gente ni se ha enterado de tanto muerto que ha habido este año...

Ya que han levantado una muchacha hasta le avisan que luego vuelven por ella y ya nomas van y pasan por ellas... hasta su dinero les dan... Las muchachas se sientes culpables y no tienen confianza para hablar con sus papás y pus el dinero lo necesitan...

Y luego, el curita ese de la iglesia, diciendo que todo lo que nos viene pasando en el pueblo es por "¡culpa de la calentura que se le mete a las mujeres entre las piernas!" Y nadie les explica que la calentura no solo cosa de la mujer y que ademas es normal y nadie tiene derecho de hacerles lo que les hacen...

- ¡Hijos de la Chingada!- Quise gritar con indignacion clavada en la boca del estómago pero al querer abrir los labios, se me habian hecho como de tierra, mi grito salió mudo, y el calor seco entró por la garganta en un golpe, dejándome la respiración cascada...
La mujer continuó su perorata sin notarlo.

¡Ay, si las cosas fueran como en la época de mi General!
Entonces la gente podía dormir con las puertas abiertas. En verano se sacaban los petates al patio y ahí se dormía. Entonces sí no había delincuencia, porque a todos los delincuentes se los subían hasta la puntita de aquella peña, nomas se veían cómo iban cayendo; agitaban sus bracitos, como queriendo volar unos, otros como nadando...Y allá, en el fondo: a alimentar a los coyotes!

¡Qué felices tiempos los de mi General! Buenos pa’ la gente... y pa’ los coyotes.

En eso llegaba mi marido con la camioneta… Yo estaba en shock, pero la mujer atribuyó mi palidez a la falta de azúcar.
Al ver de cerca a mi esposo, con su cabello rubio y largo, y toda su facha de extranjero, la mujer exclamó:

—¡Huyyy! Y de los gringos no te andes fiando… ¡Son bien largos, los pinches gringos! ¡Tienen cada maña!... Esos les da traficar con menores de edad, pero solo las partes que se transportan en hielera ¿Sí me entiendes lo que te estoy diciendo?

En medio de mi aturdimiento, solo alcancé a decir:

—No, si no es gringo… es suizo.

—¡Peor tantito! —exclamó ella—. ¡Ve tú a saber qué tierra salvaje será esa!

Me subí a la camioneta sintiéndome muy mareada. Abrí la ventanilla.
Ella me dijo:

—Cuídate.

—Cuídate tú también —respondí.

Una oleada de viento y tierra comenzó a soplar desde los pies de la mujer, y se la fue llevando, convertida en granitos de arena ante mis ojos.
Ahí solo quedaba una caja de tráiler abandonada y destartalada. La puerta oxidada mostraba el interior vacío, donde el viento rebotaba en remolinos, silbando.

—¿Con quién hablas? —me preguntó mi esposo.

—Con la mujer... —respondí.

—¿Cuál mujer, Schätzli? ¡Mira cómo traes la cara! ¿No te quedaste en la sombrita, como te dije?

La camioneta arrancó y nos alejamos, dejando detrás nuestro una nube de polvo y angustia.

“Bicicleteando – Riding Through It”

My husband is a true athlete, and also an adventurer—think Indiana Jones or Crocodile Dundee... And me? I’m, of course, head over heels for him, completely in love. So, despite the fact that sports have been a rare and distant guest in my life—and totally absent from my schedule for years—I decided to follow him on all his adventures.

In spite of my sedentary lifestyle, nicotine addiction, and pleasantly padded anatomy, I’ve started joining him, which, on the bright side, gives me plenty of material to write about. I’m even starting to quit smoking and trying to get in shape, just to be able to follow him to the fifth circle of hell... a place we actually visit quite regularly.

Determined to get my fitness back and dive into the world of cycling, I’ve even participated in mountain bike races—where I nearly died—and we’ve crossed deserts and uninhabited regions. The next step was mastering the road and the city.

Urban cycling has its own very specific characteristics, and personally, I find it the most dangerous of all. With that in mind, we set off to explore the roads of this beautiful and almost supernatural city, full of secret and hidden paths—and far more mysterious than my blissful ignorance had ever allowed me to imagine...

On one of our first rides, we took a lonely highway, mostly traveled by cargo trucks delivering goods to this forgotten corner of the planet.

The trucks pass very close to the bikes. We were riding along the shoulder, and yet the gust of wind from those enormous beasts pushed my fragile mount sideways, making me stumble—due to my inexperience and the stress caused by their closeness...

I was only able to ride a couple more kilometers. I felt anxiety tightening my throat and fear freezing my legs and my reflexes. The relentless sun, with its “mild” 35 degrees at nine in the morning, was soaking into my senses and adding to my daze.

Aware of my limits, I asked my husband to stop near a trailer box that lay desolate a few meters away. When we reached it, I saw an older woman sitting on a bench, taking shelter from the infamous sun in the merciful shade cast by the trailer. The whole scene was quite surreal, as there was nothing else around but the vast desert.

"I'm really afraid of the trucks..." I told my husband, my voice tense. "They pass way too close… and I’m so tired, I can’t go on."

“Let’s see if that rural path takes us back to where we left the car—this way we won’t have to ride near the trucks,” he replied, in that sexy foreign accent I can never say no to.

So, despite feeling completely worn out, I said yes, and we headed down the dirt road that started right where the trailer and the woman on the little bench were.

The path took us to a lonely ranch and led us farther and farther away from our destination.

“No,” my husband said at last, after covering a considerable stretch of sand and stones, “we have to turn back…”

Some dogs approached—curious, but to my eyes, threatening—and my adrenaline was through the roof... That helped me make it back to the highway where we had started.

At the entrance of the rural path, the woman was still there, wearing her red dress and elegant shoes, completely out of place in the surroundings, sitting next to the trailer box. Her skin was dark, weathered by the sun but barely wrinkled—like the way indigenous women age in my homeland: smooth-skinned, with their beauty untouched. This particular woman had a striking presence and fiery eyes—the kind of eyes that form in women who’ve seen more than they wanted to and endured more than they thought they could, without ever losing the laughter in their gaze. Eyes that were hard, sad, and deep—eyes that look with the innocent wisdom of a survivor.

On the final stretch, just before reaching the pavement, the path sloped upward, and I had to summon every ounce of strength to get there. I was so focused on climbing the hill that I didn’t see the pickup truck passing close to me… Suddenly, I heard the engine roaring right next to my legs, lost control, and fell off the bike.

With my pride more bruised than my body, I got back up. My husband had stopped and was looking at me with a gentle expression—one I instantly chose to interpret as disappointment in my athletic incompetence...

Of course, that single thought was all my brain needed to unleash a thousand elaborate theories—things my husband never said and never would say: Of course, I’m not Régula…

Régula—his first great love. Régula the warrior, a Swiss woman with the body of a Valkyrie and the temperament of steel—but sweet as chocolate, innocent as a child, and patient like Mother Teresa. The female version of Indiana Jones.

They lived together for twelve years, one month, and nine days… They traveled the world by bike. Sheltering in a fragile tent, they conquered deserts and jungles in Australia, were held at gunpoint by guerrillas in the jungles of Thailand. New Zealand and all of Europe surrendered to their boldness and grit…

Without knowing how, they suddenly found themselves in these lands of dreams and nightmares. Because you don’t arrive at this place—you just appear in it, unintentionally. It’s a traveler trap.

This no man’s land—or so I like to believe—is located in the darkest corner of humanity’s subconscious, simply because we need to imagine it somewhere.

Here, this village with its hypnotic air exerted its power of transformation over them. Régula’s spirit grew restless, pushing her to seek her own solo adventure. And my husband—he was spellbound by this strange land of scorching deserts and deep canyons, compelled to return again and again…

That’s how we met.

All of this was racing through my mind, wounding my insecure heart, of course—because I am bitter as a coffee bean, weak as undercooked dough, and fearful as gelatin at a children's party.

But the worst part of my personality is my runaway imagination, which surrounds me with daytime and nighttime terrors, and often blends my dreamlike creations with reality—clouding my judgment and giving my temperament the stability of nitroglycerin.

When my husband came over to help me, I didn’t let him get a word in before unleashing a litany of reproaches in his face, accusing him of being impatient and inconsiderate...

He, naturally annoyed, just said:

"Wait here. I’ll get the car."

As he walked away, the woman in the red dress—who had been watching the whole scene from a distance—called out to me:

"Sweet girl," she said, "come sit in the shade. What happened? Are you feeling unwell?"

"Yes," I replied, "my blood sugar drops a lot sometimes..."

"Is that young man coming back? Or did he leave you here? Do you have a way to get home?"

"He’s coming back, he just went to get the car."

"He was angry, wasn’t he?"

"Yes, he got upset because I didn’t tell him in time that I was tired… but I don’t like him thinking I’m weak."

"You can never please men. You have to think about what you need first, not about what he says..."

“Look at me... The owner of this truck used to be my man… fifteen years ago. I helped him build the business. Now he owns three of the hotels out here on the way to the airport. Has several houses and some real nice ranches…

Now he left me here, watching over the trailer so no one takes the goods. The guy who was supposed to be here didn’t show up. We came to check that everything was in place—and found only the truck, all alone.

He left me here to watch over it and went off to find some workers to handle the goods… Straw. That’s what he sells in this truck...

We were together for fifteen years, and fifteen years ago we split. I raised a daughter he already had, and he raised my eldest boy—who wasn’t his. Together we had two daughters...

But I left him when he started mistreating the kids and me. Had us working all the time, and gave us nothing.

I left, and the daughters came with me. But my boy… he didn’t want to leave the old man, ‘cause he raised him and loved him like a father. So he stayed here with him…”

“We moved to Texas. My daughters work there, and they’re doing really well. I came back now to see my son… It was him who asked me to visit the man.

‘Go see the old man, Ma,’ he told me. ‘He’s tired now, and he always asks about you. He’s all alone…’

I didn’t even want to see him, I only went because my son asked me—and I can’t say no to him… He’s such a good boy…

When I got there and saw him… fifteen years really do leave their mark! He shows them more than I do, I thought. Fifteen years... how much they can change a person.

I felt sorry seeing him… old, tired. He, who was always so tough, formidable like a fighting bull. He even looked smaller—as if the years had eaten away inches from him…”

That’s how the body is: like poorly washed clothes—after dragging it through life for too long, it shrinks and wrinkles...

“Stay with me,” he says. “Come here. I’m going to die with no soul to watch over me, no one to close my eyes… Don’t let me go like a dog, alone and rotting...”

And well… I did love him. How could I not? So many years together, so many stories... Out of nothing—out of nothing I helped him build his business.

And now he says:

“Stay. I’ll give you the ranch in Los Rosales. I’ll give it to you—let it be your home.”

“I don’t need money or houses you're handing out,” I told him. “My daughters earn good money in Texas, and I have no need for anything.”

And he said:

“Help me with the business. I need someone I can trust to run things… I can’t do it anymore, and I trust no one. Help me, for the love of your own life… have mercy on this old man and forgive my past mistakes, like our Lord God forgives.”

“Bring the girls with you. Let each one manage a part of the business, and my son can take over the fields—that’s work for men…”

“I’ll leave everything to you.”

“But don’t let me die alone…”

-And then I said to him: "I'm going to think about it...

And I am thinking about it...

What I did make clear to him is that I am not going to have sex with him...No sex... because he doesn't need it to begin with... They already told me: here they bring him the girls. Yes, you know? The ones from school... yes, the girls from high school... They pick them up... two hundred pesos per girl... the price is higher if they are virgins and it's the first time...

You know?

The girls don't even denounce... no...what are they going to denounce?

After they were sold, the person in charge of the pick-up tells them: you are a whore, we chose you because we could see you were a whore - and the girl thinks it was her fault and is afraid to tell her parents... they threaten them - that if they denounce they will kill their families, that they already know where they live....

They even teach them how to use drugs. First they tell them it's so they can forget about what happened and they give them drugs for free, or so they won't even feel when the guy catches them. Then once they are hooked they sell them... No, that's a whole business!...

Here, here on the other side of the road, here across the street... they grab them in the car....

They pick up those who are walking alone in the street, and the people are very trusting, with the idea that nothing happens here. That it's very quiet, that there's no crime... No, no way!

What happens is that nothing is said. As it is very small and isolated... everything is well controlled.

Those who denounce, well, they are not going to receive an answer, because all the authorities here benefit from the same thing.

There is no need to fire the scandalous relatives from this life, as in the north,

No.

Here they will simply be ignored and that's it

And if someone has to die, nobody even notices.... with so much desert it is very easy to lose corpses... people haven't even heard of so many dead bodies this year...

Once they have picked up a girl, they even tell her that they will come back for her and then they just go and pick them up... they even give them their money.... The girls feel guilty and don't have the confidence to talk to their parents and they need the money.....

And then, that little priest from the church, saying that everything that is happening to us in town is because of "the hotness that women get between their legs! And nobody explains to them that hotness is not only a woman's thing and that it is normal and nobody has the right to do to them what they do to them...

Hijos de la Chingada!” — I wanted to scream, fury lodged deep in the pit of my stomach, but when I tried to open my mouth, my lips felt like they were made of dust. My scream came out silent, and the dry heat slammed into my throat, leaving my breath shattered...

The woman went on with her speech, unaware.

“Oh, if only things were like back in the days of mi General!
Back then, people could sleep with their doors wide open. In the summer, they’d drag their straw mats into the yard and sleep outside. That was when there was no crime—because all the criminals were taken to the top of that cliff… You’d just see them falling; some waving their arms like they were trying to fly, others paddling like they were swimming...
And down there—food for the coyotes!

Those were the golden days of mi General! Good for the people… and for the coyotes.”

Just then, my husband arrived in the pickup truck… I was in shock, but the woman assumed my pale face was from low blood sugar.

When she saw my husband up close, with his long blond hair and unmistakably foreign look, she exclaimed:

“Oooh! And don’t go trusting those gringos… Gringos are sly as hell! They’ve got all kinds of nasty tricks…

Some of them traffic underage girls—just parts of them, you know? In ice chests. You know what I’m trying to say?”

Still dazed, I could only reply:

“No, he’s not a gringo… he’s Swiss.”

Even worse!” she exclaimed. “Who knows what kind of savage land that might be!”

I got into the truck, feeling very dizzy. I rolled down the window.

She said to me:
“Take care.”

“You take care too,” I replied.

A gust of wind and dust began to rise from her feet—and carried her away, turning her into grains of sand before my eyes.

All that remained was an abandoned, battered trailer box. Its rusty door swung open, revealing the empty interior where the wind echoed in spiraling whistles.

“Who are you talking to?” my husband asked.
“With the woman…” I said.
“What woman, Schätzli? Look at your face! Didn’t you stay in the shade like I told you?”

Bicicleteando – Am Radeln

Mein Mann ist ein wahrer Spitzensportler und dazu noch ein Abenteurer vom Typ Indiana Jones oder Crocodile Dundee... Und ich? Ich bin natürlich total verrückt nach ihm, unsterblich verliebt. Also habe ich beschlossen, ihn auf all seinen Abenteuern zu begleiten – trotz der Tatsache, dass Sport in meinem Leben eher eine episodische Rolle gespielt hat und seit vielen Jahren komplett aus meinem Terminkalender verschwunden ist.

Trotz Bewegungsmangel, Nikotinsucht und meiner gemütlich geformten Anatomie habe ich begonnen, ihn zu begleiten. Das liefert mir übrigens auch eine Menge Stoff zum Schreiben. Ich höre sogar langsam mit dem Rauchen auf und versuche, in Form zu kommen – nur um ihm bis in die fünfte Hölle folgen zu können… einen Ort, den wir übrigens regelmäßig besuchen.

Fest entschlossen, meine körperliche Verfassung zurückzugewinnen und in die Welt des Radsports einzutauchen, habe ich sogar an Mountainbike-Rennen teilgenommen – bei denen ich fast gestorben wäre – und wir haben Wüsten und menschenleere Gegenden durchquert. Der nächste Schritt: die Straße und die Stadt zu erobern.

Der urbane Radsport hat seine ganz eigenen Besonderheiten – und meiner Meinung nach ist er der gefährlichste von allen. Mit diesem Ziel vor Augen begaben wir uns also auf Erkundungstour durch die Straßen dieser wunderschönen, fast übernatürlichen Stadt, voller versteckter und geheimer Wege, und weitaus geheimnisvoller, als es meine selige Unwissenheit je hatte ahnen lassen...

Bei einer unserer ersten Fahrten nahmen wir eine einsame Schnellstraße, auf der hauptsächlich Lastwagen verkehren, die Waren in diesen vergessenen Winkel der Welt bringen.

Die LKWs fahren sehr nah an den Fahrrädern vorbei. Obwohl wir auf dem Seitenstreifen fuhren, schleuderte der Windstoß, den diese riesigen Ungeheuer beim Vorbeifahren verursachen, mein zartes Gefährt zur Seite. Ich verlor das Gleichgewicht – aus Mangel an Erfahrung und wegen des Stresses, den ihre Nähe in mir auslöste…

Ich konnte nur ein paar Kilometer weiterfahren. Die Angst schnürte mir die Kehle zu, und die Furcht lähmte meine Beine und meine Reflexe. Die unerbittliche Sonne – mit ihren „milden“ 35 Grad um neun Uhr morgens – durchdrang meine Sinne und verstärkte meine Benommenheit.

Mir meiner Grenzen bewusst, bat ich meinen Mann, dass wir in der Nähe eines verlassenen Aufliegers anhalten sollten, der nur wenige Meter entfernt stand. Als wir dort ankamen, sah ich eine ältere Frau auf einer Bank sitzen, die sich unter dem gnädigen Schatten des Aufliegers vor der erbarmungslosen Sonne schützte. All das ergab ein merkwürdiges Bild – denn ringsumher war nichts zu sehen außer der endlosen Wüste.

„Ich habe große Angst vor den Lastwagen…“, sagte ich mit angespannter Stimme zu meinem Mann. „Sie fahren viel zu nah vorbei… und ich bin völlig erschöpft. Ich kann einfach nicht mehr.“

„Lass uns schauen, ob dieser Feldweg uns zurück zu dem Ort bringt, wo wir den Wagen abgestellt haben – dann müssen wir nicht mehr an den Lastwagen vorbei“, antwortete er mit seinem sexy ausländischen Akzent, dem ich einfach nie widerstehen kann.

Deshalb sagte ich trotz meiner Erschöpfung ja, und wir bogen in den Feldweg ein, der genau dort begann, wo der Anhänger geparkt war und die Frau auf ihrer kleinen Bank saß.

Der Weg führte uns zu einer einsamen Ranch und entfernte sich immer weiter von unserem eigentlichen Ziel.

„Nein“, sagte mein Mann schließlich, nachdem wir eine beträchtliche Strecke durch Sand und Geröll zurückgelegt hatten, „wir müssen umkehren...“

Ein paar Hunde kamen neugierig näher – für meine Augen jedoch bedrohlich –, und mein Adrenalinspiegel schoss in die Höhe... Das half mir, es bis zurück zur Straße zu schaffen, wo wir unsere Tour begonnen hatten.

Am Eingang des Feldweges saß immer noch dieselbe Frau, mit ihrem roten Kleid und den eleganten Schuhen, völlig fehl am Platz in dieser Umgebung, neben dem Auflieger. Ihre Haut war dunkel, von der Sonne gegerbt, aber mit wenigen Falten – so, wie die indigenen Frauen in meiner Heimat altern: mit glatter Haut und ungebrochener Schönheit. Diese hier hatte eine besondere Anmut und feurige Augen – Augen, wie sie Frauen bekommen, die mehr gesehen haben, als sie wollten, und mehr ertragen mussten, als sie jemals für möglich hielten, ohne das Lächeln aus ihrem Blick zu verlieren. Harte, traurige und tiefe Augen, die mit der unschuldigen Weisheit einer Überlebenden schauen.

Auf dem letzten Stück, kurz bevor wir wieder Asphalt erreichten, ging der Weg bergauf – und ich musste all meine Kräfte aufbringen, um hinaufzukommen. Ich war so konzentriert auf den Anstieg, dass ich den Pickup, der dicht an mir vorbeifuhr, gar nicht bemerkte... Plötzlich hörte ich den Motor direkt neben meinen Beinen aufheulen, verlor die Kontrolle und stürzte vom Fahrrad.

Mit mehr verletzt Stolz als Körper stand ich wieder auf. Mein Mann hielt an und schaute mich mit einem wohlwollenden Blick an – ein Blick, den ich sofort als Enttäuschung über meine sportliche Unfähigkeit interpretierte...

Natürlich reichte dieser eine Gedanke meinem Gehirn, um mich mit tausend ausgeklügelten Theorien zu bombardieren – Dinge, die mein Mann nie gesagt hat und auch nie sagen würde: Klar, ich bin eben nicht Régula…

Régula – seine erste große Liebe. Régula, die Kriegerin: eine Schweizerin mit dem Körper einer Walküre und dem Temperament aus Stahl – aber süß wie Schokolade, unschuldig wie ein Kind und geduldig wie Mutter Teresa. Die weibliche Version von Indiana Jones.

Zwölf Jahre, einen Monat und neun Tage lebten sie zusammen… Sie bereisten die Welt auf dem Fahrrad. In einem zerbrechlichen Zelt suchten sie Schutz, bezwangen Wüsten und Dschungel in Australien, wurden im thailändischen Urwald von Guerilleros mit Gewehren bedroht. Neuseeland und ganz Europa lagen ihnen zu Füßen – besiegt von ihrem Mut und ihrer Entschlossenheit...

Ohne zu wissen wie, fanden sie sich plötzlich in diesen Traum-und-Albtraum-Landen wieder. Denn an diesen Ort kommt man nicht einfach so – man erscheint einfach, ohne es zu beabsichtigen. Er ist eine Falle für Reisende.

Diese Niemandsregion – so stelle ich es mir zumindest vor – liegt irgendwo in der dunkelsten Ecke des kollektiven menschlichen Unterbewusstseins, nur damit man sie überhaupt irgendwo verorten kann.

Hier, in diesem Dorf mit seinem hypnotischen Flair, wirkte die Magie der Verwandlung auf sie. Régulas Geist wurde aufgewühlt; sie machte sich auf die Suche nach ihrem eigenen, einsamen Abenteuer. Und mein Mann – er wurde von diesem überraschenden Land voller sengender Wüsten und tiefer Schluchten verzaubert, gezwungen, immer wieder zurückzukehren...

So haben wir uns kennengelernt.

All das ging mir durch den Kopf, verletzte mein unsicheres Herz – natürlich. Denn ich bin bitter wie eine Kaffeebohne, schwach wie schlecht gebackener Teig und ängstlich wie Wackelpudding auf einem Kindergeburtstag.

Aber der schlimmste Teil meiner Persönlichkeit ist meine zügellose Fantasie, die mich mit nächtlichen und täglichen Schrecken umgibt und oft meine Traumgebilde mit der Realität vermischt – meinen Verstand vernebelt und meinem Temperament die Stabilität von Nitroglyzerin verleiht.

Als mein Mann sich mir näherte, um mir zu helfen, ließ ich ihn kaum zu Wort kommen und schleuderte ihm eine Litanei an Vorwürfen ins Gesicht, beschuldigte ihn, ungeduldig und rücksichtslos zu sein...

Er, natürlich verärgert, sagte nur:

„Warte hier. Ich hole den Wagen.“

Als er ging, rief mich die Frau im roten Kleid zu sich – sie hatte die Szene aus der Ferne beobachtet:

„Mädchen“, sagte sie, „komm in den Schatten. Was ist los? Geht’s dir nicht gut?“

„Ja“, antwortete ich, „mein Blutzucker fällt manchmal sehr stark...“

„Kommt der Junge zurück? Oder hat er dich hiergelassen? Hast du einen Weg nach Hause?“

„Er kommt zurück, er ist nur den Wagen holen gegangen.“

„Er war wütend, oder?“

„Ja, er hat sich geärgert, weil ich ihm nicht rechtzeitig gesagt habe, dass ich müde bin... aber ich mag es nicht, wenn er denkt, dass ich schwach bin.“

„Männern kann man es nie recht machen. Du musst zuerst an dich denken, nicht daran, was er sagt...“

„Schau mich an… Der Besitzer von diesem LKW war mein Mann… vor fünfzehn Jahren. Ich habe ihm geholfen, das Geschäft aufzubauen. Jetzt besitzt er drei Hotels hier auf dem Weg zum Flughafen. Hat mehrere Häuser und ein paar richtig schöne Fincas…

Jetzt hat er mich hier gelassen, um auf den Anhänger aufzupassen, damit niemand die Ware klaut. Der Junge, der eigentlich hier sein sollte, ist nicht gekommen. Wir kamen, um zu schauen, ob alles in Ordnung ist – und fanden nur den einsamen LKW.

Er hat mich hier gelassen, um aufzupassen, und ist losgefahren, um Arbeiter zu suchen, die sich um die Ware kümmern… Stroh. Das ist es, was er in dem Laster verkauft…

Fünfzehn Jahre waren wir zusammen, und vor fünfzehn Jahren haben wir uns getrennt. Ich habe seine Tochter großgezogen, die er schon hatte, und er hat meinen Großen großgezogen – der war nicht von ihm. Zwei Töchter haben wir zusammen bekommen...

Aber ich bin gegangen, weil er anfing, die Kinder und mich schlecht zu behandeln. Wir mussten ständig arbeiten, und er hat uns nichts gegeben.

Ich bin gegangen, und die Mädchen sind mit mir gekommen. Aber mein Junge… der wollte den Alten nicht verlassen, weil er ihn wie einen Vater liebte. Also blieb er hier bei ihm…“

„Wir sind nach Texas gegangen. Dort arbeiten meine Töchter, und es geht ihnen sehr gut. Jetzt bin ich gekommen, um meinen Sohn zu sehen… Er war es, der mich bat, den Mann zu besuchen.

‚Geh den Alten besuchen, Mama‘, hat er gesagt. ‚Er ist müde, und fragt immer nach dir. Er ist ganz allein…‘

Ich wollte ihn gar nicht sehen, bin nur hingegangen, weil mein Sohn es mich gebeten hat – und ihm kann ich nichts abschlagen… Was für ein guter Junge er ist…

Als ich ankam und ihn sah… fünfzehn Jahre – die gehen nicht spurlos vorbei! Ihm sieht man sie mehr an als mir, dachte ich. Fünfzehn Jahre… wie sehr sie einen verändern können.

Es tat mir leid, ihn so zu sehen… alt, erschöpft. Er, der immer so stark war, wie ein Kampfstier. Er wirkte sogar kleiner – als hätten die Jahre ihm Zentimeter gestohlen...“

So ist der Körper eben: wie schlecht gewaschene Kleidung – wenn man ihn zu lange durchs Leben schleppt, schrumpft er und wird faltig...

„Bleib bei mir“, sagt er. „Komm her. Ich werde sonst sterben, ohne dass eine Seele über mich wacht, niemand, der mir die Augen schließt… Lass mich nicht wie ein streunender Hund verenden – allein und vergessen...“

Und na ja… ich habe ihn ja geliebt. Wie soll ich ihn nicht lieben? So viele Jahre zusammen, so viele Geschichten… Aus dem Nichts – aus dem Nichts habe ich ihm geholfen, sein Geschäft aufzubauen.

Und jetzt sagt er:

„Bleib hier. Ich schenke dir die Finca in Los Rosales, die soll dein Zuhause sein.“

„Ich brauche kein Geld und ich brauche auch keine Häuser, die du mir schenkst“, sagte ich. „Meine Töchter verdienen sehr gut in Texas, und mir fehlt es an nichts.“

Da sagt er:

„Hilf mir mit dem Geschäft. Ich brauche jemanden, dem ich vertrauen kann, der das alles leitet… Ich kann nicht mehr, und ich vertraue niemandem. Hilf mir – um Gottes Willen… hab Erbarmen mit diesem alten Mann und vergib mir meine Fehler aus der Vergangenheit, so wie auch der liebe Gott vergibt.“

„Hol die Mädchen her. Jede kann einen Teil vom Geschäft übernehmen, und so kann mein Sohn sich um die Felder kümmern – das ist Arbeit für Männer…“

„Ich werde euch alles hinterlassen.“

„Aber lass mich nicht allein sterben…“

-Und dann sagte ich zu ihm: "Ich werde darüber nachdenken...

Und ich denke darüber nach...

Was ich ihm sehr deutlich gemacht habe, ist, dass ich keinen Sex mit ihm haben werde... Keinen Sex... weil er es gar nicht nötig hat... Sie haben mir schon gesagt: Hier bringen sie ihm die Mädchen. Ja, weißt du? Die von der Schule... ja die Mädchen von der Sekundarschule... Sie holen sie ab... zweihundert Pesos pro Mädchen... der Preis ist höher, wenn sie Jungfrauen sind und es das erste Mal ist...

Verstehst du?

Die Mädchen denunzieren nicht einmal... nicht, was sollen sie denn denunzieren?

Nachdem sie verkauft wurden, sagt ihnen die Person, die für die Abholung verantwortlich ist: Du bist eine Hure, wir haben dich ausgewählt, weil man an dir sehen kann,dass du eine Hure bist - und das Mädchen denkt, dass es ihre Schuld war und hat Angst, es ihren Eltern zu sagen... sie bedrohen sie - dass sie ihre Familien töten werden, wenn sie sie anzeigen, dass sie bereits wissen, wo sie leben....

Sie bringen ihnen sogar bei, wie man Drogen nimmt. Zuerst sagen sie ihnen, dass sie damit vergessen können, was passiert ist, und sie geben ihnen die Drogen umsonst, oder damit sie nichts merken, wenn der Typ sie erwischt. Dann, wenn sie süchtig sind, verkaufen sie sie... Nein, das ist das ganze Geschäft...

„Hier, direkt gegenüber auf der anderen Straßenseite… da holen sie sie ins Auto.

Sie schnappen sich die, die allein auf der Straße unterwegs sind. Die Leute sind hier halt sehr gutgläubig, weil’s heißt, hier passiert ja nix. Alles ganz ruhig, keine Kriminalität… Pff, von wegen!

Was passiert, ist, dass nichts gesagt wird. Da es sehr klein und isoliert ist, wird alles gut kontrolliert.
Und die, die was anzeigen… kriegen eh keine Antwort. Weil hier alle Behörden von dem Zeug profitieren.
Die skandalösen Verwandten müssen nicht einmal aus diesem Leben entlassen werden, wie im Norden.

Nein.

Hier werden sie einfach ignoriert und das war's.

Und wenn jemand sterben muss, merkt man es nicht einmal.... Bei so viel Wüste ist es sehr einfach, Leichen zu verlieren... die Leute haben dieses Jahr noch nicht einmal von so vielen Leichen gehört...

Wenn sie ein Mädchen aufgegriffen haben, sagen sie ihr sogar, dass sie zurückkommen werden, um sie zu holen, und dann gehen sie einfach hin und holen sie ab... sie geben ihnen sogar ihr Geld... Die Mädchen fühlen sich schuldig und trauen sich nicht, mit ihren Eltern zu sprechen, und sie brauchen das Geld....

Und dann dieser kleine Priester aus der Kirche, der sagt, dass alles, was uns im Dorf widerfährt, an „der Geilheit der Frauen zwischen den Beinen“ liegt! Und niemand erklärt ihnen, dass Geilheit nicht nur eine Frauensache ist und dass es normal ist und niemand das Recht hat, ihnen das anzutun, was sie ihnen antun....

Hijos de la Chingada!“ – wollte ich schreien, mit der Wut tief im Magen verankert, aber als ich den Mund öffnen wollte, fühlten sich meine Lippen an wie aus Erde gemacht. Mein Schrei blieb stumm, und die trockene Hitze fuhr mir in den Hals wie ein Schlag, ließ meinen Atem brüchig zurück…

Die Frau sprach unbeeindruckt weiter, ohne es zu bemerken.

Ach, wenn doch alles wieder wäre wie zu Zeiten von mi General!
Damals konnten die Leute mit offenen Türen schlafen. Im Sommer holte man die Bastmatten in den Hof und schlief einfach draußen. Da gab's keine Kriminalität – denn alle Verbrecher wurden hoch auf diese Klippe gebracht… Man sah nur noch, wie sie runterfielen; die einen fuchtelten mit den Armen, als wollten sie fliegen, andere paddelten wie beim Schwimmen…
Und da unten, da wurden sie dann… den Kojoten zum Fraß vorgeworfen!

Schöne Zeiten waren das, die Zeiten von mi General! Gut für die Leute… und für die Kojoten.“

In diesem Moment kam mein Mann mit dem Pickup angefahren… Ich stand unter Schock, aber die Frau schrieb meine Blässe einfach dem niedrigen Blutzucker zu.

Als sie meinen Mann aus der Nähe sah, mit seinem langen blonden Haar und seinem ganzen Aussehen wie ein Ausländer, rief sie aus:

Ufff! Und von den Gringos solltest du dich besser fernhalten… Die verdammten Gringos sind verdammt gerissen! Die haben so ihre ganz eigenen Tricks…
Die treiben’s damit, Minderjährige zu schmuggeln – aber nur Teile davon, in Kühlboxen transportiert. Weißt du, was ich dir sagen will?“

Mitten in meiner Benommenheit brachte ich nur hervor:

„Nee, er ist kein Gringo… er ist Schweizer.“

Noch schlimmer!“, rief sie. „Wer weiß schon, was für ein wildes Land das ist!“

Ich stieg in den Pickup und fühlte mich schwindelig. Ich öffnete das Fenster.

Sie sagte zu mir:
„Pass auf dich auf.“

„Pass du auch auf dich auf“, antwortete ich.

Ein Windstoß voller Staub begann von ihren Füßen her zu wehen – und trug sie fort, bis sie sich vor meinen Augen in feine Sandkörner auflöste.

Da stand nur noch ein verlassener, verbeulter Anhänger. Die verrostete Tür hing offen und zeigte das leere Innere, in dem der Wind in kreisenden Wirbeln pfiff.

„Mit wem redest du?“, fragte mein Mann.
„Mit der Frau…“, antwortete ich.
„Welche Frau, Schätzli? Schau mal, wie du aussiehst! Bist du nicht im Schatten geblieben, wie ich’s dir gesagt hab?“